Aquel día llovía. Recuerdo haber mirado el cielo mientras esperaba y pensar que nunca había visto las gotas de lluvia caer tan violentas como aquella tarde. Parecían golondrinas estrellándose contra el suelo. También es cierto que diez minutos antes había estado escribiendo -¿has escrito alguna vez un dolor por adelantado?- y que me sentía tan vacía que cabía cualquier posibilidad.
Podría justificarme con una lista interminable de motivos, fundamentos y pretextos que nacían de una angustia situada en algún lugar de mi cuerpo que aún no he logrado localizar. Pero si me desnudara, si de verdad me deshiciera de la carne, los gestos, los tendones, las palabras; uno a uno, desechándolos, confesando que no forman parte de mí... Entonces sólo quedaría en pie un instinto, el de hacerte sangrar; el de ser capaz de crear algo que pudiese trazar una línea recta desde mis dedos hasta la otra orilla de tu piel.
Cómo vas a pedirme que tenga corazón si fuiste tú la que me obligó a sustituirlo por una coraza.
