Parecía una enfermedad: yo no podía dejar de ser feliz.
Nos reíamos como locos, nos mirábamos tan fijamente que todavía me parece ver tus ojos cuando cierro los míos al comprobar que no estás. Nos mirábamos tan fijamente; nos sentábamos en el balcón y siempre acabábamos tan ciegos que teníamos que vernos con las manos, con las lenguas, torpemente en el sofá o en la cama o en cualquier asiento de mi coche. Contigo todos los días eran mi cumpleaños, y tú siempre traías cientos de regalos en la sonrisa.
Me hacías amarlo todo tanto que lo único que me daba pena era tener que morirme algún día.
Nos recuerdo tan felices que tal vez eso es el principio del proceso más doloroso: cristalizar la felicidad en recuerdo. La crudeza de que ha sido real y de que ya nunca más volverá a serlo. La tristeza terrible de haber sido feliz.
Cómo mi boca va a seguir llamándose boca ahora que ya no la besa la tuya. Cómo mis manos, que antes buscaban presurosas las tuyas, van a tener el mismo nombre ahora que buscan en tu lugar y sólo tocan ausencia.
Ahora qué significa el mundo si tú llegaste para deshacer significados, ahora que me duelen hasta las caricias amigas y aun así puedo jurarte que por ti,
me habría llevado yo todas las hostias.
La vida sigue. Soy yo la que no sé si podré hacerlo.
Porque aunque me joda, aunque el coche ya siempre me arranque, sé que seguiré esperando que tal vez alguna noche, cuando todos los demás duerman, volvamos a vernos y salvemos otra vida sin ser yo, esta vez, quien la pierda.
¿Quién es el gran dragón al que el espíritu no quiere llamar más señor y dios?
«Tú-has-de» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «yo quiero».
-Así habló Zaratustra, Nietzsche.
Todos los hombres pasan por estas dificultades. Para el hombre medio es éste el punto en que las exigencias de su propia vida entran en colisión dramática con las circunstancias, el punto en que tiene que luchar más duramente por alcanzar el camino que conduce hacia adelante. Muchos viven tal morir y renacer, que es nuestro destino, sólo en ese momento de su vida en que el mundo infantil se resquebraja y se derrumba lentamente, cuando todo lo que amamos nos abandona y, de pronto, sentimos la soledad y la frialdad mortal del universo que nos rodea. Muchos se estrellan para siempre en este escollo y permanecen toda su vida apegados dolorosamente a un pasado irrecuperable, al sueño del paraíso perdido, que es el peor y más nefasto de todos los sueños.
-Demian, Herman Hesse.
Somos de mundos distintos.
Entrelazas tus dedos con los míos mientras asiento con un gesto suave. No podías haberlo expresado mejor: has dado con la única frase capaz de explicarnos toda esta mierda y admitir, de una vez, nuestra total e incorregible incomprensión. Admitir la distancia con el objetivo de sentirnos algo más cerca.
No puedo evitar recordar la primera noche cada una de las que han venido después. Es ese sentimiento, esa especie de latido animal vibrando en el aire, adelantando una amenaza que se acerca, es esa densidad dentro de lo oscuro. Yo miraba por el retrovisor, esperando verte. Tenía la cabeza apoyada en la mano apoyada en la ventanilla del coche. Siempre hace lo mismo, en el último momento, desaparece... Para entonces creía que todo estaba bien. Miré las luces naranjas que se dibujaban contra el cielo. Se iban alejando junto con la calle, cada una de las farolas emitía una luz más tenue e inexplicablemente me invadió una sensación de tristeza. Pero todo estaba bien, por fin ya todo estaba bien: lo único que faltaba era que tú volvieras y tener algo de suerte al salir de allí, evitar pasar por encima de los cristales rotos en el suelo...
Pienso en todas aquellas palabras que nos separan. En que el río semántico en el que se bañan nuestras vidas no se cruza en ningún punto, y en cómo tú me hablas con pasión de cosas que yo ni siquiera acabo de comprender. Y yo me veo obligada a deshacerme de la manía de hablar rápido para hacer una pausa cada dos frases y explicarte qué es lo que quiero decir. Porque no hay manera de hacerte llegar toda esta agonía miserable, el asco visceral hacia todo aquello mío que creía mundo y sólo ha resultado ser una jaula. A veces me pregunto si no faltarán por inventar todas aquellas palabras que son tan necesarias cuando hablo de esto con alguien que está fuera, en tu mundo, en el de todos. Con los míos, con los pocos míos que se sienten como me siento yo: no hacen falta. El sentimiento se instala sobre las palabras y entonces sólo se necesita un suspiro, una frase sin terminar, una torcedura de boca, para saber lo que queremos decir. Que estamos jodidos, que no hay camino ni manera digna de salir de aquí.
Podría decirte, para que te hicieras una idea, que es una especie de pánico al dolor ajeno, una fobia inyectada en la mente desde que vine a este mundo (al tuyo, al de todos; pero sobre todo al mío). Pero es mucho más que eso.
Podría decirte que yo siempre he sido la sumisión encarnada, que he creído en otras vidas, que he tomado de la sangre que me dieron a beber y he participado de la carne que me hicieron comer. Que he necesitado las cargas pesadas sobre los hombros, y que no existe nada más doloroso que sentir las garras desde dentro de la piel, el espíritu que se remueve, los valores que no se sustentan más. Pero, en fin, es mucho más que eso.
los espíritus de las 3:03
No hay manera de acallar la conciencia cuando grita cuál es el camino, cuál el lugar. La ironía es saber precisamente dónde debo estar y no ser capaz de dirigirme allí, cuando he pasado tanto tiempo rogando por conocer el sitio exacto.
El truco de todo esto es dejar el miedo a un lado.
«Qué fácil callar, ser serena y objetiva con los seres que no me interesan verdaderamente, a cuyo amor o amistad no aspiro. Soy entonces calma, cautelosa, perfecta dueña de mí misma. Pero con los poquísimos seres que me interesan... Allí está la cuestión absurda: soy una convulsión, un grito, sangre aullando. De allí proviene mi imposibilidad absoluta para sustentar mi amistad con alguien mediante una comunicación profunda y armoniosa. Tanto me doy, me fatigo, me arrastro y me desgasto que no veo el instante de "liberarme" de esa prisión tan querida. Y si no llega mi propio cansancio, llega el del otro, hastiado ya de tanta exaltación y presunta genialidad, y se va en busca de alguien que sea como soy yo con la gente que no me interesa».
«No podía subir a casa. Mi vida estaba destrozada. Pensé escaparme para no volver más o tirarme al río; pero no eran ideas claras. Me senté a oscuras en el último peldaño de la escalera, me hice un ovillo y me entregué a mi desgracia. Allí me encontró llorando Lina, cuando bajó a coger leña con una cesta.
Le pedí que no dijera nada y subí. En el perchero, junto a la puerta de cristal, colgaban el sombrero de mi padre y la sombrilla de mi madre; el hogar y la ternura me salían al encuentro en aquellos objetos, y mi corazón les saludó agradecido y suplicante, como el hijo pródigo a las viejas estancias de la casa paterna. Pero todo aquello ya no me pertenecía; era el mundo claro de los padres y yo me había hundido profunda y culpablemente en el torrente desconocido. Me había enredado en la aventura y el pecado, me amenazaba el enemigo, y me esperaban peligros, miedo y vergüenza. El sombrero y la sombrilla, el viejo suelo de ladrillo, el gran cuadro sobre el armario del pasillo, y desde el cuarto de estar la voz de mis hermanas mayores: todo aquello me resultaba más querido, más delicado y valioso que nunca, pero ya no era un consuelo y un bien seguro, sino un vivo reproche. Esto ya no era mío; yo no podía participar más de su alegría y tranquilidad. Llevaba en las botas barro que no podía limpiar en el felpudo, y traía conmigo sombras de las que el mundo del hogar nada sabía.
[...]
Por un momento no sentí miedo por el día siguiente sino la terrible certidumbre de que mi camino iba cuesta abajo, hacia las tinieblas. Sentía claramente que a mi delito seguirían forzosamente otros, que mi presencia ante mis hermanas, mi saludo y mis besos a mis padres eran mentira porque yo llevaba en mí un destino y un secreto que escondía ante ellos.
Durante un instante tuve un destello de confianza y esperanza al ver el sombrero de mi padre. Podía decirle todo y aceptar su sentencia y su castigo; podía hacerle mi confidente y salvador. Esto sólo significaría una penitencia, como lo había hecho muchas veces, una hora difícil y amarga, un pedir perdón arrepentido y contrito.
¡Qué dulce me parecía aquello! ¡Cómo deseaba hacerlo! Pero era imposible. Sabía que no lo haría. Sabía que ahora guardaba un secreto, una culpa que tenía que llevar yo solo. Quizá me encontraba ahora en un momento crucial, quizá iba a pertenecer desde ahora al mundo de los malos, a compartir secretos con los malvados, a depender de ellos, a obedecerles y a convertirme en uno de ellos. Había jugado a ser hombre y héroe y ahora tenía que soportar las consecuencias.
Me gustó que, al entrar, mi padre se fijara en mis zapatos mojados. Aquello distraería su atención; así no se daría cuenta de lo peor y yo podía cargar con una reprimenda que en secreto trasladaba a la otra culpa. Al mismo tiempo surgió en mí un extraño y nuevo sentimiento lleno de espinas. ¡Me sentía superior a mi padre! Sentí durante un momento cierto desprecio por su ignorancia: su reprensión por las botas mojadas me parecía mezquina. "¡Si tú supieras!" pensaba yo como un criminal al que interrogan por un panecillo robado, mientras él tiene asesinatos sobre su conciencia.
[...]
De toda esta vivencia, en cuanto va relatado hasta aquí, constituyó este momento lo más importante y perdurable. Fue el primer resquebrajamiento de la divinidad del padre, el primer golpe a los pilares sobre los que había descansado mi niñez y que todo hombre tiene que destruir para poder ser él mismo. Estos acontecimientos, que nadie ve, forman la línea interior y esencial de nuestro destino. El desgarrón cicatriza y se olvida, pero en el interior del ser continúa existiendo y sangrando. A mí mismo me dio en seguida miedo del nuevo sentimiento, y me hubiera tirado al suelo para besar a mi padre los pies y pedirle perdón. Pero no se puede pedir perdón por algo esencial; y eso lo siente y sabe un niño igual que un sabio.
Tenía necesidad de pensar sobre este asunto y trazar caminos para el día siguiente; pero no pude hacerlo. Me pasé toda la tarde intentando acostumbrarme al ambiente transformado que reinaba en nuestro cuarto de estar. El reloj y la mesa, la Biblia y el espejo, la librería y los cuadros se despedían de mí; con el corazón helado, me veía obligado a contemplar cómo mi mundo y mi vida feliz y buena se transformaban en pasado y se desligaban de mí. Me veía sujeto por nuevas y absorbentes raíces al mundo extraño y tenebroso. Descubrí el gusto de la muerte; y la muerte sabe amarga porque es nacimiento, porque es miedo e incertidumbre ante una aterradora renovación».
«Todas las grandes acciones y todos los grandes pensamientos tienen un comienzo irrisorio. Las grandes obras nacen a menudo a la vuelta de una esquina o en la puerta de un restaurante. Y lo mismo la absurdidad. El mundo absurdo extrae su nobleza, más que ningún otro, de este nacimiento miserable [...]
Suele suceder que los decorados se derrumben. Despertar, tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, comida, tranvía, cuatro horas de trabajo, cena, sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado al mismo ritmo, es una ruta fácil de seguir la mayoría del tiempo. Pero un día surge el "porqué" y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro. "Comienza", eso es importante. La lasitud está al final de los actos de una vida maquinal, pero inaugura al mismo tiempo el movimiento de la conciencia [...]
Asimismo, y durante todos los días de una vida sin brillo, el tiempo nos lleva. Pero llega siempre un momento en que hay que llevarlo a él. Vivimos hacia el futuro: "mañana", "más adelante", "cuando te labres una posición", "con los años lo entenderás". Estás inconsecuencias son admirables, pues al fin y al cabo se trata de morir. No obstante, llega un día y el hombre comprueba o dice que tiene treinta años. Afirma así su juventud. Pero al mismo tiempo se sitúa con relación al tiempo. Ocupa su lugar en él. Reconoce estar en cierto momento de una curva que confiesa que debe recorrer. Pertenece al tiempo y, en el horror que lo atrapa, reconoce a su peor enemigo. Mañana, ansiaba el mañana, cuando todo él hubiera debido rechazarlo. Esta rebelión de la carne es lo absurdo.
Un peldaño más abajo y encontramos la extrañeza: darse cuenta de que el mundo es "espeso", entrever hasta qué punto una piedra es ajena, nos es irreductible, con cuánta intensidad la naturaleza, un paisaje, puede negarnos. En el fondo de toda belleza yace algo inhumano, y estas colinas, la suavidad del cielo, los dibujos de estos árboles, pierden al instante el sentido ilusorio con el que los revestíamos, más alejados ya que un paraíso perdido. La primitiva hostilidad del mundo asciende, desde el fondo de los milenios, hacia nosotros. Durante un segundo ya no entendemos, pues durante siglos no hemos entendido en él sino las figuras y los dibujos que previamente le aportábamos, y ahora nos fallan las fuerzas para usar ese artificio. El mundo se nos escapa y después vuelve a ser él. Los decorados enmascarados por el hábito vuelven a ser lo que son. Se alejan de nosotros. Lo mismo que hay días en los que, bajo su rostro familiar, vemos de pronto como a una extraña a la mujer amada hace meses o años, quizás lleguemos a desear lo que nos deja de pronto tan solos. Pero aún no ha llegado ese momento. Una sola cosa: este espesor y esta extrañeza del mundo es lo absurdo.
Los hombres también segregan inhumanidad. En ciertas horas de lucidez, el aspecto mecánico de sus gestos, su pantomima carente de sentido vuelve estúpido cuanto les rodea. Un hombre habla por teléfono detrás de una mampara de cristal; no lo oímos, pero vemos su mímica sin sentido: nos preguntamos por qué vive. Ese malestar ante la inhumanidad del hombre, esa incalculable caída ante la imagen de lo que somos, esa "náusea" como la llama un autor de nuestros días, es también lo absurdo. E igualmente el extraño que, en ciertos segundos, nos sale al encuentro en un espejo, el hermano familiar y sin embargo inquietante que encontramos en nuestras fotografías es también lo absurdo.
[...]
Un hombre que cobra conciencia de lo absurdo queda ligado para siempre a él».
En esta hora el miedo eclosiona la crisálida del pecho. Te presentas ante mí como un dios antiguo, lleno de perfume gris y de melodías gastadas, exigiéndome devoción. Y yo, que no sé hacer otra cosa que adorar, adorar, adorar... Mis ojos sólo hablan de piedad. Mi boca sólo contempla el fervor. Mi cuerpo es un sacrificio de comunión; mi carne, una ofrenda quemada. Y tú, a cambio, te desnudas; pero no hay manera alguna de borrar los enigmas de la piel. Portas en las manos manantiales de palabras incomprensibles, de palabras incomprendidas, que corren desde tus dedos hacia mí. Sobre mí, que soy desierto. Esparces alimentos sobre mi hambre sagrada. Y cantas. Me cantas, a mí que soy silencio.
Mis durmientes ya no encuentran reposo. Mi garganta escupe sal.
Yo poblaré tu silencio de imágenes.
Yo beberé de tu sed.
lunes, 16 de febrero de 2015
Escribo porque te desconozco.
Es decir, si pudiera encontrar las palabras justas para ti las copiaría en un papel y lo abandonaría en lo alto de la estantería; ya no necesitaría escribir y podría ocupar mi tiempo en ver más películas, en llevar al día las lecturas de epistemología o en ordenar la habitación. Pero el problema es precisamente ése: que no te conozco y tampoco conozco las palabras justas para describirte. Por eso busco, incansable, una palabra sinuosa que encaje perfectamente con las líneas de tus manos. Porque desconozco cómo son tus manos cuando se abren al dar. Por eso busco, obstinada, un fonema que en lugar de sonidos recuerde a colores. Porque desconozco tu tonalidad y desconozco tu luz. Tenaz y absurda, busco un lenguaje que reconstruya la anatomía de tu dicción, de tus ojos al mirarme, de tus dudas, de tu boca. Porque no conozco nada de esto. Y porque, al escribir, a veces creo hallarlo.
Porque ahora mismo podría estar viendo cualquier película o leyendo epistemología u ordenando la habitación. Pero lo peor es que podría estar a tu lado.
No puedo traducir la sustancia de mi mente. No existe lugar en este mundo para esos signos. Desearía crear un trazo, una palabra, un poema... Pero yo no soy capaz de crear.
Soy solamente un cuerpo vacío que gime en medio de una masa convulsa que gime también.
En esta hora yo y las que debería ser nos encontramos en un lugar lleno de niebla.
-Tú nunca has sido fuerte -se burlan.
-Tú nunca has sido sincera -recrimino a una- y tú nunca has sido posible -a la otra.
Enmudezco. Ellas son las dueñas del lenguaje, lo modifican, lo deforman, lo traen a este lado. Ellas son las que existen, no yo. Tal vez la única manera de saberme, tal vez la única manera en la que existo sea contemplando una mancha de mi sangre en la pared, la línea de mis hombros abatidos, el diálogo silencioso entre mis manos y el mar.
Tengo miedo. Más bien, es el miedo el que me tiene.
Me relaja conducir por esta carretera de curvas. Se lo digo al mismo tiempo que lo pienso. Se fija unos segundos y dice que conducir por las curvas -qué extraño- se me da bien. Que ella no sabe calcular bien la velocidad. Es curioso: ella falla donde yo acierto, y yo fallo donde ella acierta. Yo no entiendo de espacio y ella no sabe de velocidad. Nos pasa exactamente lo mismo con las personas.
Hacemos un buen equipo, excepto cuando tenemos muchas ganas de matarnos.
No obstante, conducir por esta carretera de curvas no me relaja porque se me dé bien. Me produce una satisfacción enorme, casi neurótica, girar el volante siguiendo las líneas discontinuas que separan el asfalto del precipicio. Veo trazados en las líneas giros suaves, giros bruscos, ahora a la derecha, ahora un tramo recto... y me hace sentir bien poder reproducir estos giros con las manos. Caigo en la cuenta de que tengo muchas manías parecidas a esta: a veces, inconscientemente, cuando leo un texto, me descubro escribiendo con los dedos sobre la pierna todas las palabras, una letra encima de otra.
Decía que algo malo iba a pasar hoy.
El pueblo está tranquilo. Un lugar perdido en la montaña, de poco turismo y en día laborable. Callamos -o lo intentamos- y me sorprendo al no escuchar nada. Ni gente en sus casas, ni un sólo vehículo, ni el murmullo del viento. Sólo se puede percibir, lejano, el sonido constante del agua del arroyo y, más cerca -aunque no sabría decir cuánto- nuestras propias respiraciones. En seguida vuelve a hablar. Dice que le da cosa escuchar latir su propio corazón. Sonrío. Ya lo sé.
No hay lugar en el que se escuchen más verdades que en el silencio. Y fíjate, hoy hasta los ángulos me hablan.
Sé consecuente, me dices. No puedo, te respondo. No soy capaz de seguir queriendo, de seguir dejando de querer. No soy capaz de verme a mí misma como a una línea recta: yo soy como las líneas de aquella carretera, discontinua, suave y brusca a un mismo tiempo. Y no puedo dejar de pensar que los que no dudan, los que no toman decisiones que contradicen a las que tomaron ayer, los que no cambian... lo siento por ellos, no tienen ninguna clase de diálogo interior.
(O tal vez tienen una fortaleza de espíritu que difícilmente podré llegar a alcanzar).
Claro: todo esto no te lo digo. No sé, no podría articularlo con palabras sinceras, con palabras concisas, palabras flecha. Es ahí donde se erige el muro de la incomprensión, el único que no está construido desde el resto hacia mí, sino que edifico desde mí hacia el resto. Tenerte a mi lado me hace palpar este muro, que las palabras hasta aquí y desde aquí cobren sentido. Dentro del muro todavía está todo desorganizado. Por eso, cuando me pides que te explique mi miedo y mi culpa, sólo puedo callar. Me crees una niña pequeña -me lo creo hasta yo- pero por una vez en mi vida, no callo porque quiera decirte de todo, callo porque no tengo absolutamente nada que decir.
Es cierto: no puedo hablarte de mi miedo y mi culpa. Entiendo de dónde nacen, pero no comprendo sus dimensiones, su alcance. (Esto está relacionado con que no sé calcular el espacio). No entiendo si sangran, si duelen, en qué lenguaje hablan, en qué estados se manifiestan. Y eso me hace asustarme terriblemente de mí misma. ¿Lo estaré haciendo mal por maldad o por pereza? En realidad: ¿lo estoy haciendo mal?
Mientras caminamos de vuelta me doy cuenta de que me duele muchísimo la cabeza. El dolor de espíritu apareciéndose en el dolor del cuerpo. Siento como si mi cabeza fuera a estallar como las palomitas en el microondas, y luego como si tuviera un hilo conectado de un lado a otro de la mente y no dejara de vibrar.
Siento que ya ha finalizado una etapa. Una era, me parece. Y, sin embargo... todavía no ha empezado la siguiente. Me molestan estos meses, esta nada, esta espera vacía.
Ponte en mi lugar, hace ya tiempo que nadie lo ocupa.
miércoles, 21 de enero de 2015
"Mira qué verde está hoy el campo", dijiste. Yo te miraba a ti. Si no hubieses dicho nada, habría seguido haciéndolo. Pero desvié la mirada hacia el parque que había detrás de ti y vi que tenías razón: el césped brillaba de un modo distinto al de siempre, con más rabia, con más vida, como si fuera un atardecer de verano en pleno mediodía de otoño. Y siempre era así: tú mirabas las cosas de aquella manera, y yo las miraba después y las veía transformadas. El campo era más verde, las nubes más ligeras, la gente más silenciosa. Poco a poco, casi sin quererlo, tatuaste tus ojos en los míos.
El problema fue que aunque tus ojos siempre lo veían todo, nunca fueron capaces de verme a mí.
Cómo ibas, entonces, a mirarme.
viernes, 2 de enero de 2015
En realidad sería injusta si dijera que no sirvió para nada. Desde que llegaste todo fue un poquito mejor. Compré un coche. Encontré un trabajo. Me creció un montón el pelo. Destrocé la puerta izquierda del coche. Empecé a escuchar canciones en inglés y a darle importancia a la música, no sólo a la letra. Añadí películas rarísimas a mi lista de películas rarísimas por ver. Aprendí a mirar más, a reír mejor, a darme cuenta de que la paz es más necesaria que la alegría. Pensé que tal vez, al igual que tú, mi lugar estaba en no tener ninguno. Me di otra oportunidad. Por eso no me molestó tanto que no estuvieras. Porque, aunque nunca hubieras llegado del todo, tú ya te habías quedado para siempre.