"Mira qué verde está hoy el campo", dijiste. Yo te miraba a ti. Si no hubieses dicho nada, habría seguido haciéndolo. Pero desvié la mirada hacia el parque que había detrás de ti y vi que tenías razón: el césped brillaba de un modo distinto al de siempre, con más rabia, con más vida, como si fuera un atardecer de verano en pleno mediodía de otoño. Y siempre era así: tú mirabas las cosas de aquella manera, y yo las miraba después y las veía transformadas. El campo era más verde, las nubes más ligeras, la gente más silenciosa. Poco a poco, casi sin quererlo, tatuaste tus ojos en los míos.
El problema fue que aunque tus ojos siempre lo veían todo, nunca fueron capaces de verme a mí.
Cómo ibas, entonces, a mirarme.
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