Parecía una enfermedad: yo no podía dejar de ser feliz.
Nos reíamos como locos, nos mirábamos tan fijamente que todavía me parece ver tus ojos cuando cierro los míos al comprobar que no estás. Nos mirábamos tan fijamente; nos sentábamos en el balcón y siempre acabábamos tan ciegos que teníamos que vernos con las manos, con las lenguas, torpemente en el sofá o en la cama o en cualquier asiento de mi coche. Contigo todos los días eran mi cumpleaños, y tú siempre traías cientos de regalos en la sonrisa.
Me hacías amarlo todo tanto que lo único que me daba pena era tener que morirme algún día.
Me hacías amarlo todo tanto que lo único que me daba pena era tener que morirme algún día.
Nos recuerdo tan felices que tal vez eso es el principio del proceso más doloroso: cristalizar la felicidad en recuerdo. La crudeza de que ha sido real y de que ya nunca más volverá a serlo. La tristeza terrible de haber sido feliz.
Cómo mi boca va a seguir llamándose boca ahora que ya no la besa la tuya. Cómo mis manos, que antes buscaban presurosas las tuyas, van a tener el mismo nombre ahora que buscan en tu lugar y sólo tocan ausencia.
Ahora qué significa el mundo si tú llegaste para deshacer significados, ahora que me duelen hasta las caricias amigas y aun así puedo jurarte que por ti,
me habría llevado yo todas las hostias.
La vida sigue. Soy yo la que no sé si podré hacerlo.
