«Entonces, sin darme cuenta, se acumula en mí una multitud de pequeñas metamorfosis, y un buen día se produce una verdadera revolución» - la náusea
No sabría decir cuál ha sido el punto de inflexión, en qué momento el argumento ha dado un giro de estas dimensiones. Pero sí sé que todo ha cambiado a una velocidad de vértigo y me he visto obligada a cambiar yo también. Y no ha sido forzoso. No recuerdo, de hecho, ningún cambio tan amable y dulce y, al mismo tiempo, firme. Más que un cambio ha sido una mutación, una especie de adaptación necesaria para sobrevivir. Porque siempre, absolutamente siempre, se sobrevive.
He estado pensando en cuando empecé a escribir. Mi cabeza ha ido retrocediendo poco a poco, buscando los momentos clave. El primero que me viene a la mente tiene que ver con Dámaris. Tenía catorce años, ella quince; volvíamos en tren desde Barcelona y era invierno. Por alguna razón me estaba explicando lo liberada que se sentía ella al escribir. Que escribía siempre. Me dijo que no dejara de hacerlo nunca. Si sigo retrocediendo me encuentro en el segundo año de instituto, con Azahara al lado, pidiéndome leer algo de lo que había escrito en una libreta amarilla. Yo se lo enseñé, y me dijo que le gustaba mucho, que aquello se me daba bien. Si retrocedo aún más, me encuentro a Paula en algún aula del colegio. Teníamos diez años y ella decía que yo de mayor iba a ser escritora. Todavía, cuando me la encuentro por la calle, me pregunta si sigo escribiendo.
Me he puesto un poco triste al pensar que, en realidad, si hoy escribo es porque los demás pensaron que yo sabía escribir. Es posible que si de pequeña me hubieran hecho creer que tenía una voz increíble, hoy estuviera cantando en algún musical o componiendo mis propias canciones. O si los demás hubieran creído que se me daba bien el deporte: tal vez se me daría bien el deporte. Siempre he sido un pobre reflejo de lo que los demás esperaban de mí, la respuesta a sus exigencias veladas. Me he visto obligada tantas veces a admirar lo que hallo en los demás... que nunca he sabido valorar lo que llevo ya en mí. Nunca he sido capaz de convencerme de que todo lo que admiro en los otros es lo que yo ya tengo dentro. Sólo se puede amar u odiar lo que llevamos dentro. Lo que no forma parte de nosotros nos es indiferente.
Todo esto se lo explico a Martha los jueves por la noche en un restaurante chino de Santa Coloma. Siempre está vacío y suena la misma música. Creo que ya me la he aprendido de memoria. Martha dice que parece el escenario inicial de una película de las buenas, que allí podría planearse perfectamente un asesinato o el atraco a un banco. Hemos convertido ese local en un lugar donde podemos hablar en voz alta de absolutamente todo: desde nuestros pequeños traumas infantiles hasta nuestras más íntimas fantasías sexuales. A veces, cuando hablo con Martha, siento que en realidad estoy hablando conmigo misma. He sacado muchas conclusiones a raíz de estas charlas: por ejemplo, por qué me asusto tanto, por qué esta ansiedad cuando me entra algún chico. He descubierto que todo lo que ha pasado en mi vida guarda una estrecha relación, que crea formas armoniosas, que está insertado en una amplia red de conexiones que las ata a mí y a los demás.
Y he descubierto que todo aquel esfuerzo no servía para nada. Ahora siento que no tengo que nadar en contra de ninguna corriente. El viaje está siendo hermoso. Pero claro, hay que prestar atención: alguna frase robada mientras sirvo una mesa, los bombones que vuelan cuando estamos en familia (aquella familia que no es mi carne pero a la que arroparía con mi piel), que Sonia se ponga a llorar cuando me abraza, que me pregunten si no tengo frío en manga corta. Todo parece conducir al mismo lugar.
Y ahora no soy sólo yo la que está mutando. Este miedo, este maldito miedo, también lo está haciendo, y está dejando en su lugar una rabiosa curiosidad. Abro puertas, incorporo todo aquello que admiro, no me juzgo y no me autocompadezco... por fin, por fin me perdono. Me perdono.
Porque el perdón es necesario para sobrevivir.
Y siempre, absolutamente siempre, se sobrevive.
Todo esto se lo explico a Martha los jueves por la noche en un restaurante chino de Santa Coloma. Siempre está vacío y suena la misma música. Creo que ya me la he aprendido de memoria. Martha dice que parece el escenario inicial de una película de las buenas, que allí podría planearse perfectamente un asesinato o el atraco a un banco. Hemos convertido ese local en un lugar donde podemos hablar en voz alta de absolutamente todo: desde nuestros pequeños traumas infantiles hasta nuestras más íntimas fantasías sexuales. A veces, cuando hablo con Martha, siento que en realidad estoy hablando conmigo misma. He sacado muchas conclusiones a raíz de estas charlas: por ejemplo, por qué me asusto tanto, por qué esta ansiedad cuando me entra algún chico. He descubierto que todo lo que ha pasado en mi vida guarda una estrecha relación, que crea formas armoniosas, que está insertado en una amplia red de conexiones que las ata a mí y a los demás.
Y he descubierto que todo aquel esfuerzo no servía para nada. Ahora siento que no tengo que nadar en contra de ninguna corriente. El viaje está siendo hermoso. Pero claro, hay que prestar atención: alguna frase robada mientras sirvo una mesa, los bombones que vuelan cuando estamos en familia (aquella familia que no es mi carne pero a la que arroparía con mi piel), que Sonia se ponga a llorar cuando me abraza, que me pregunten si no tengo frío en manga corta. Todo parece conducir al mismo lugar.
Y ahora no soy sólo yo la que está mutando. Este miedo, este maldito miedo, también lo está haciendo, y está dejando en su lugar una rabiosa curiosidad. Abro puertas, incorporo todo aquello que admiro, no me juzgo y no me autocompadezco... por fin, por fin me perdono. Me perdono.
Porque el perdón es necesario para sobrevivir.
Y siempre, absolutamente siempre, se sobrevive.

