miércoles, 31 de diciembre de 2014

La mosca.

«Entonces, sin darme cuenta, se acumula en mí una multitud de pequeñas metamorfosis, y un buen día se produce una verdadera revolución» - la náusea




Siento que no soy yo la que está viviendo estos días, sino que son estos días los que me están viviendo a mí. Ahora, cuando me preguntan cómo estoy, pienso antes de contestar. Me tomo unos segundos, descubro la respuesta y, sorprendida, miro a los ojos de quien me esté hablando y digo "bien, estoy bien". 

No sabría decir cuál ha sido el punto de inflexión, en qué momento el argumento ha dado un giro de estas dimensiones. Pero sí sé que todo ha cambiado a una velocidad de vértigo y me he visto obligada a cambiar yo también. Y no ha sido forzoso. No recuerdo, de hecho, ningún cambio tan amable y dulce y, al mismo tiempo, firme. Más que un cambio ha sido una mutación, una especie de adaptación necesaria para sobrevivir. Porque siempre, absolutamente siempre, se sobrevive.

He estado pensando en cuando empecé a escribir. Mi cabeza ha ido retrocediendo poco a poco, buscando los momentos clave. El primero que me viene a la mente tiene que ver con Dámaris. Tenía catorce años, ella quince; volvíamos en tren desde Barcelona y era invierno. Por alguna razón me estaba explicando lo liberada que se sentía ella al escribir. Que escribía siempre. Me dijo que no dejara de hacerlo nunca. Si sigo retrocediendo me encuentro en el segundo año de instituto, con Azahara al lado, pidiéndome leer algo de lo que había escrito en una libreta amarilla. Yo se lo enseñé, y me dijo que le gustaba mucho, que aquello se me daba bien. Si retrocedo aún más, me encuentro a Paula en algún aula del colegio. Teníamos diez años y ella decía que yo de mayor iba a ser escritora. Todavía, cuando me la encuentro por la calle, me pregunta si sigo escribiendo. 

Me he puesto un poco triste al pensar que, en realidad, si hoy escribo es porque los demás pensaron que yo sabía escribir. Es posible que si de pequeña me hubieran hecho creer que tenía una voz increíble, hoy estuviera cantando en algún musical o componiendo mis propias canciones. O si los demás hubieran creído que se me daba bien el deporte: tal vez se me daría bien el deporte. Siempre he sido un pobre reflejo de lo que los demás esperaban de mí, la respuesta a sus exigencias veladas. Me he visto obligada tantas veces a admirar lo que hallo en los demás... que nunca he sabido valorar lo que llevo ya en mí. Nunca he sido capaz de convencerme de que todo lo que admiro en los otros es lo que yo ya tengo dentro. Sólo se puede amar u odiar lo que llevamos dentro. Lo que no forma parte de nosotros nos es indiferente. 

Todo esto se lo explico a Martha los jueves por la noche en un restaurante chino de Santa Coloma. Siempre está vacío y suena la misma música. Creo que ya me la he aprendido de memoria. Martha dice que parece el escenario inicial de una película de las buenas, que allí podría planearse perfectamente un asesinato o el atraco a un banco. Hemos convertido ese local en un lugar donde podemos hablar en voz alta de absolutamente todo: desde nuestros pequeños traumas infantiles hasta nuestras más íntimas fantasías sexuales. A veces, cuando hablo con Martha, siento que en realidad estoy hablando conmigo misma. He sacado muchas conclusiones a raíz de estas charlas: por ejemplo, por qué me asusto tanto, por qué esta ansiedad cuando me entra algún chico. He descubierto que todo lo que ha pasado en mi vida guarda una estrecha relación, que crea formas armoniosas, que está insertado en una amplia red de conexiones que las ata a mí y a los demás.

Y he descubierto que todo aquel esfuerzo no servía para nada. Ahora siento que no tengo que nadar en contra de ninguna corriente. El viaje está siendo hermoso. Pero claro, hay que prestar atención: alguna frase robada mientras sirvo una mesa, los bombones que vuelan cuando estamos en familia (aquella familia que no es mi carne pero a la que arroparía con mi piel), que Sonia se ponga a llorar cuando me abraza, que me pregunten si no tengo frío en manga corta. Todo parece conducir al mismo lugar.

Y ahora no soy sólo yo la que está mutando. Este miedo, este maldito miedo, también lo está haciendo, y está dejando en su lugar una rabiosa curiosidad. Abro puertas, incorporo todo aquello que admiro, no me juzgo y no me autocompadezco... por fin, por fin me perdono. Me perdono.

Porque el perdón es necesario para sobrevivir.

Y siempre, absolutamente siempre, se sobrevive.



jueves, 18 de diciembre de 2014


Si algo conservo del bachillerato humanístico es una desmesurada obsesión por la etimología de las palabras. Nostalgia, por ejemplo, etimológicamente significa «dolor de los recuerdos». Y a su vez, recuerdo viene de re-cordis, «volver a pasar por el corazón». Y yo no dejo de pasar por el corazón todos los tiempos verbales que podría vivir contigo. No dejo de buscar formas comunes en lugares extraños. Y es por eso que siento una nostalgia infinita cada vez que te miro a los ojos.






miércoles, 5 de noviembre de 2014

Diarios, Alejandra Pizarnik.

Sábado, 7 de junio de 1963 

Antes de dormirme obsesión por el lenguaje. ¿Para quién hablo? ¿Para quién escribo? Respondí con una escena imaginaria: yo en el Tíbet o en Vietnam viviendo sola en una cabaña, sin hablar con nadie por la ignorancia del idioma de mis vecinos. Esto se relaciona con mi perpetua tentación del escondite: ir a donde nadie me conozca, en donde yo no conozca a nadie [...]. Volviendo al principio: ¿por qué no puede hablar un niño de pocos meses? Porque está hecho de deseos irreprimibles. El aprendizaje del habla coincide con el autocontrol. El silencio, el llanto y los gritos son «expresiones» del deseo en estado puro. No hay un lenguaje del cuerpo. Querer hablar con el cuerpo exclusivamente implica locura e idiotez. Lo terrible del lenguaje: nunca se está preparado para dialogar, no existen ensayos previos, de nada vale la experiencia de otros diálogos anteriores [...]. De todos modos, hablar me hace sufrir, me da la seguridad de mentir, aun si respondo «son las nueve de la noche» mirando mi reloj. Hablar con alguien es darse mutuamente noticias de sí, testimoniarse. Cuando hablo siento que me traiciono, también cuando escribo. No se me oculta que todo esto deriva de mis deseos demasiado fuertes, estridentes, «absolutos». El lenguaje es la valla de los deseos, el lenguaje los recorta y los encierra. La tremenda intensidad de un instante amoroso es indecible. No es un desafío al lenguaje pues el lenguaje no existe en un instante así. Digo «amoroso» pero también «doloroso». El dolor se dice por un grito o por el silencio. Hablar o escribir es mi ingenuidad mayor. Tratar de contener lo que se desborda. Entonces, nada más paradójico en mí que la escritura y el diálogo. Lo mío es el abrazo sexual, mis ojos mirando el cielo, la embriaguez, el sueño, las alucinaciones. Dominio acechado, perseguido por las necesidades externas. Hablo y escribo para defenderme, para ganar mi espacio silencioso. No creo en la poesía. Ningún poema puede dar cuenta de la intensidad de los deseos.



martes, 14 de octubre de 2014

?

'una ventana abierta 
en una habitación de la que no tienes la llave'


Tengo la teoría de que todo cuanto nos pasa nos sucede por hallarnos en el lugar equivocado en el momento incorrecto. Si estuviéramos siempre en el sitio y el instante adecuados nada podría empujarnos fuera del equilibro; nuestras vidas tendrían tan poco argumento como aquellas películas de autor que nunca terminaba de ver.

Por eso tú.

Quién sabe; una sonrisa tranquila, una voz pausada, un bolígrafo en el suelo, algún fragmento de Utopía. Tampoco yo lo recuerdo.

El caso es que de algún modo supe que jamás te sabría adivinar. Supe que habías aparecido en forma de interrogante y que yo jamás necesitaría una respuesta pero sí una buena pregunta. No importaba si, después de todo, había complejidad o simpleza debajo de tu piel; lo importante eran las láminas que te cubrían. Y aquello... aquello era imposible de apresar. (Ya ves: todo por mi fatídica propensión a creer que siempre hay algo de cobarde en los deseos factibles). 

Y palpaba mis propios límites. Nunca nada había estado tan fuera de mis palabras. No había frase capaz de servirme de espejo para lo que me ocurría por dentro. No había idioma capaz. Escribiera lo que escribiera sobre ti, estaría hablando sobre cualquier otra persona que no fueras tú. Y todo aquello era completamente nuevo para mí.

(Pero para todo hay una primera vez).

Ahora sé que por ti habría perdido el equilibrio. Pero no de esta manera.

Llega el frío y queda poco por hacer.

Es decir; cerrar la libreta, sacar la ropa de invierno, tal vez cortarme el pelo. Lanzar la llave, en resumen.

Y esperar otro lugar erróneo, otro momento desafortunado.


miércoles, 8 de octubre de 2014

'Que tu cuerpo sea siempre un amado espacio de revelaciones'.


En el principio, 
destruiste mi cielo y mi tierra.

Convertiste mis costillas en tu cuna

justo antes de darte cuenta
de que ya no me cabías en el pecho.

Y la serpiente resultó ser la más astuta entre todas nuestras bestias,

pero no sabía que haberte conocido era ya haber pecado
y nadie nos pudo expulsar de un lugar en el que no habíamos estado jamás.

Huimos con la señal de Caín en la frente,

con la sangre de Abel todavía fresca en nuestras manos

hasta que volviste a mí como un diluvio

y lo barriste todo.

Confundimos nuestras lenguas en Babel

y en el resto de ciudades de tu cuerpo.

Nadie nos prometió ser grandes,

pero éramos dos
y nos sentíamos pueblo.

Vagué por el desierto de tu ombligo cuarenta noches

antes de llegar a tu tierra prometida.
Te inclinaste ante la imagen de ti que veías reflejada en mis ojos
idolatramos nuestro miedo
adoramos nuestras ganas
quemamos todos los templos.

Nacimos en cuerpos de carne

-nosotras
que siempre habíamos sido espíritu-.
calmamos tempestades
curamos enfermos
derribamos altares.

Me nombraste reina sobre todos tus tiempos

colocándome una corona de espinas sobre la sien
Me vendiste por treinta palabras.

Me fijaste en la cruz que yo misma había construido

y me resucitaste al tercer día.


Ya ves: 
quisimos ser mucho más que polvo
y ahora no tenemos sitio al que volver.











viernes, 3 de octubre de 2014


'El pájaro rompe el cascarón
El cascarón es el mundo. 
Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo'.





Qué difícil es nacer.

Creía que podría ser capaz de decir algo más.  Ahora que se me abate el pecho y algo turbio me recorre las arterias.  Ahora que llevo en la frente la marca de Caín.  Que tengo la mirada frágil, los días rugientes y las noches mansas. 

Cuando me digas que salte ya lo habré hecho.  Y nunca habré tenido alas pero tampoco miedo a los precipicios.

O tal vez sólo necesite una pausa.  Un breve interludio antes de la vuelta al conformismo más salvaje.  Tal vez sólo me permitan una pausa.


La que soy debajo de la máscara va a extirparse la voz.










viernes, 8 de agosto de 2014

Agua pasada mueve montañas.

Aquel día llovía. Recuerdo haber mirado el cielo mientras esperaba y pensar que nunca había visto las gotas de lluvia caer tan violentas como aquella tarde. Parecían golondrinas estrellándose contra el suelo.   También es cierto que diez minutos antes había estado escribiendo -¿has escrito alguna vez un dolor por adelantado?- y que me sentía tan vacía que cabía cualquier posibilidad.

Podría justificarme con una lista interminable de motivos, fundamentos y pretextos que nacían de una angustia situada en algún lugar de mi cuerpo que aún no he logrado localizar. Pero si me desnudara, si de verdad me deshiciera de la carne, los gestos, los tendones, las palabras; uno a uno, desechándolos, confesando que no forman parte de mí... Entonces sólo quedaría en pie un instinto, el de hacerte sangrar; el de ser capaz de crear algo que pudiese trazar una línea recta desde mis dedos hasta la otra orilla de tu piel.


Cómo vas a pedirme que tenga corazón si fuiste tú la que me obligó a sustituirlo por una coraza.


sábado, 14 de junio de 2014

Ín te gra men te so la


A veces no sé si soy la que hablo o la que escribo.

No consigo calcular a qué distancia estoy de mí la mayoría de las veces, y cuando me asusto y me escondo muy dentro, descubro que he estado dejando huellas llenas de barro en lugares que son míos pero no me pertenecen.

No sé. Creo que así descubrí qué es la soledad. Porque nunca se habla de la soledad. Es como si fuera un ataúd que todos llevamos por dentro y sólo unos pocos sacrílegos se atrevieran a remover la tierra de sonrisas y de manos enlazadas que lo cubre.

Fue por eso que me acerqué a ti. Vi de cerca mi propia soledad, la palpé, la lamí, la amé y la odié; quise solapar nuestros miedos y difuminar nuestras tristezas como dos esquimales que juntan sus narices en invierno, hablar de los aviones que nos aterrizan en las arterias. Quise estar a tu lado y desnudarte mi propia soledad, que la contemplaras, la admiraras, la sufrieras y no pretendieras arrebatármela. Como si, de alguna manera que no podíamos sospechar, de golpe nos sintiéramos un poco menos solos.

Como si fuéramos a mancharnos la piel con huellas imborrables, con mapas para poder orientarnos las noches que corriésemos a escondernos muy dentro de nosotros mismos, con unas palabras inciertas y tan sonoras que acabáramos olvidando aquella verdad de la que siempre hemos sido parte:

"uno siempre está solo
pero, a veces, está más solo"


sábado, 7 de junio de 2014

Salida de emergencia emocional.

Hoy ha sido un viernes raro en el trabajo. Al principio estábamos sólo Hui Lei y yo, pero en cuanto ha llegado el resto de la plantilla me ha tocado quedarme en la segunda sala. Y es posible que sólo haya sido media hora, pero con la segunda sala vacía me ha dado tiempo a estirar el aburrimiento y a colgarlo de todos los rincones.

Bien, hay una sola regla que sigo activamente en mi trabajo: cuando no hay nada que hacer, lo más divertido es ordenar los tenedores del carro. Y eso he hecho. Los he puesto uno detrás de otro, de lado, como si estuvieran abrazándose por la espalda. La verdad es que esa tarea no me ha ocupado más de dos minutos y he seguido ordenando meticulosamente el resto de utensilios: he colocado de un lado los mondadientes y del otro los pinchos, he ordenado los paquetitos de mayonesa, ketchup y mostaza, he equilibrado la cantidad de servilletas de cada montón. Y, como eran las diez y todavía no se había llenado la primera sala, me he puesto a hacer coincidir al milímetro todas las hileras de mesas: he procurado que los pies estuvieran sobre la misma línea del suelo, que todos los botes de ketchup estuvieran en el lado derecho y los de mostaza en el izquierdo, y mil nimiedades más. Y, cuando he terminado, me he sentido orgullosa. He echado un vistazo y me ha invadido la satisfacción idiota de saber que todo aquel orden había sido puesto por mí, a mi imagen y semejanza. Y me ha dado igual que nadie lo fuese a apreciar o que en diez minutos llegase un grupo de chavales que se sentara en alguna mesa y la descuadrara del resto: el aquí, el ahora de mi creación ha sido más que suficiente para hacerme sentir bien.

Es en ese momento cuando me he descubierto imaginando que te explicaba todo esto a ti. Lo hago con una terrible frecuencia. No ordeno las ideas en mi cabeza para poder madurarlas: las ordeno conforme al patrón que hay que seguir para contártelas a ti.

Entonces me he sentido mal. He atendido a un par de mesas, he encajado alguna mirada de desprecio del encargado y del resto de camareras y he vuelto a casa.

En el coche he puesto a Nacho Vegas a todo volumen. Cabe decir que escucho a Nacho Vegas siempre que mi estado de ánimo se dispara, ya sea imantado por el polo positivo o por el negativo. Los días más felices de mi vida los paso tarareando las melodías de sus canciones; los días más tristes no puedo dejar de darle vueltas a sus frases. Y así me he sorprendido cantando que la vida no es más que una sucesión de desengaños, y en ese momento he pisado más fuerte el acelerador.

Tengo la teoría de que las revelaciones más trascendentales que nos ocurren en la vida tienen lugar en los momentos menos esperados, en espacios tan comunes que parecen casi innobles ante la magnitud de la manifestación. Mientras uno cocina, pasa la aspiradora o se ducha puede ser blanco fácil de cualquier verdad universal que decida desvelar su identidad. Es por eso que esta noche, mientras volvía a casa escuchando a Nacho Vegas a todo volumen, se me han agolpado en la cabeza todas las cosas que he querido decirte estos días y no he sabido organizar en pautas, en apartados, en cláusulas. Y he descubierto que todas las cosas que he querido decirte a lo largo de mi vida no necesitan ningún tipo de organización.

He descubierto que he pasado cinco años de mi vida tratando de escribir algo que pudiera hacerte daño.

Vaya esfuerzo tan minúsculo, tan ridículo, tan inútil.

Uno tampoco escoge qué le va a hacer daño. Igual que no se escoge la lluvia que nos cala hasta los huesos, decía Cortázar. Es probable que sea por ese motivo, porque yo jamás escogí deliberadamente tener que señalarte a ti cuando me preguntan dónde me duele, que intente devolverte algo de lo que siento.

Porque de todas las que prometieron que iban a matar monstruos por ti soy la única que se puso el arma en la cabeza y eso tampoco lo he escogido yo.

Porque tú tienes todos los números de olvidarme cualquier día y yo te recuerdo con todas las letras y eso tampoco lo he escogido yo.

Porque te quiero.


Esta no es una historia diferente al resto. Acabaremos buscando a alguien capaz de calmarnos la sed de amor propio y de curarnos las heridas infligidas por el amor de otros.

He aparcado el coche.

Se me da fatal aparcarte a ti también, joder.

Estaba sucio. Lo he rodeado. He dibujado una X en el cristal con el dedo índice de la mano izquierda y he sonreído. 

Uno no escoge qué le va a hacer daño. 

Y he sentido muy dentro un eco, una bandera que se alzaba, la canción de victoria del egoísmo. 



Tranquila: todavía nos quedan muchas muertes por vivir.


jueves, 22 de mayo de 2014

Si algo sale mal, tú serás mi constante.




He necesitado volver a ver Perdidos para entender que ya no voy a quererte nunca más.

A veces te miro y sigo pensando que eres la parte buena de todo lo que nunca tuvo una. Y cuando estoy a punto de decir algo a lo que no sepas contestar, te recuerdo del otro lado de la mesa, mirándome con pena, sin disimular que no encuentras nada en mí que la merezca.

¿Sabes? A veces pienso que lo único que necesitaba era que me acariciaras el pelo y me dijeras en voz baja 'un día vamos a morir' como si fuera una promesa.

Pero ayer estaba cortándome las uñas y supe que ya no te quería y que no volvería a hacerlo en toda mi vida.

Y estuve tranquila, porque por fin he descubierto por qué me he empeñado en hacer de ti el eje que vertebra todos mis días, el leitmotiv de la sinfonía de mi vida.

Porque algún día buscaré entre todas mis libretas y cajas y recuerdos y anuarios y lápices y vestidos y necesitaré encontrar escrito donde menos lo espere


si algo sale mal, tú serás mi constante.

miércoles, 30 de abril de 2014

Rómpase en caso de incendio.


Sigo pensando en ti como si te escribiera.


Porque en alguna parte de mí sigo pensando que las palabras van a llevarse todo este viento. Van a domesticar tormentas, van a revertir el huracán que hay debajo de tus párpados cuando me miras de ese modo.



Sí, de ese.



La ciudad está llena de muertos. Hay cadáveres en cada automóvil, en cada supermercado. Los puedes ver andando por la sección de congelados, muertos de frío, muertos de miedo, muertos de silencio. Míralos: piensan en la muerte y olvidan que la muerte no piensa en nadie.



Pero yo sigo pensando en ti. Y tú también piensas en mí porque estás aquí, a mi lado. Asistiendo al funeral de la curva que un avión dibujó en el cielo. Cría cuervos: será mejor que alguien nos arranque los ojos cuando se nos caiga la venda que los cubre.





Estás a mi lado, rindiéndote. Igual que los valientes a los que no enfoca ninguna cámara.



Y yo estoy a tu lado, muriéndome de ganas de besarte en todos los idiomas del mundo hasta que todas las putas lenguas se extingan. Y las nuestras sigan siendo fuego.



Pero sabemos que en caso de incendio vamos a tener que rompernos. Y no podemos permitirnos ser un polvo que acabe en cenizas en una ciudad llena de muertos.



Porque todo el mundo muere en primavera, me dices.

Porque se puede morir de tantas cosas.


Pero yo me estoy viviendo de ganas de quedarme aquí, a tu lado.








lunes, 14 de abril de 2014

«Sé que no és a mi a qui vols estar besant».

És curiosa l'arbitrarietat amb què la ment selecciona els records que ens acompanyaran per sempre. Vull dir amb això que ja no recordo quines van ser les paraules que em vas dir quan et vas despedir de mi l'últim dia. Però, en canvi, sé exactament el nombre de canyetes que vam utilitzar per beure un batut de xocolata a aquella gelateria de les Rambles: catorze, van ser catorze. I el cambrer ens mirava i somreia.

I, quan passi el temps, els records es tornaran més concrets, més distants, més trivials. I de tu només em quedarà el somriure que vas fer quan em vas veure per primer cop sota l'Arc de Triomf el dia del meu aniversari. 

Potser també el sabor de la xocolata fosa sobre els teus llavis a les escales del port. Una abraçada a la llibreria de El Corte Inglés, el sms de quan et vaig perdre entre la gentada després del concert d'Orxata, la boca del metro abarrotada de vida.

Perquè, definitivament, els records es tornaran distants. I arribarà un moment a la teva vida, probablement no gaire decisiu, potser mentre estudies o planxes o vas en bicicleta, en el que et preguntaràs si és cert que un dia vas despertar al meu costat, amb la samarreta de Txarango als peus del llit, cantant-me a cau d'orella La dansa del vestit

I potser llavors tampoc sabràs per què plorava jo.


miércoles, 26 de marzo de 2014

XXV: Querer a alguien no es suficiente.






Yo he visto esas manos partir la primavera en dos mitades
y arrancar de raíz el invierno que crecía dentro.

Yo he visto esos ojos 
sonreír.

Y juro que jamás he visto un paisaje comparable 
a tus labios creando un nuevo tiempo verbal 
y encendiendo hogueras donde quemar viejas leyendas
donde sentarnos a tomar un respiro y dejar que nos miren las estrellas.


Te he visto abrir las alas, lastimadas de estar cosidas al suelo.

Y me pregunto cuándo vas a dejar de ser el pájaro en mano 
para salir volando con los ciento.


viernes, 28 de febrero de 2014

De cómo la intransigencia emocional ha salido a la calle y se ha quitado el antifaz en pleno carnaval.



Enciendo el televisor
y en el telediario de la seis
están retransmitiendo la trágica noticia de mi muerte

no ha habido más heridos
que mi conciencia

me llamas
me llamas
me llamas
y a la tercera me doy por vencida

y te explico entre lágrimas que ya no quedan conductos de ventilación donde esconderse del pasado
donde explorar el edificio en llamas que va a ser el futuro
donde exhumar los restos del cadáver de mi presente

y me dices con orgullo
que a veces hay que echarle valor
-como quien echa los restos del puré por el desagüe-
que a veces hay que hacer de tripas corazón


me haces trizas, corazón


¿cuándo empezamos a hablar idiomas tan distintos?
¿cuándo tu lengua se volvió de paja y de desechos
y la mía inventó un sonido tan básico, tan animal?

no sé amar si no es visceralmente

por eso
ahora que el telediario de la seis retransmite la trágica noticia de mi muerte
da paso a las imágenes de la colisión
explica que no guardé la distancia de seguridad
entre tú y yo
ahora que sólo quedan las vísceras de aquella que nunca fui

puedo decirte que te quiero tanto que ojalá no vuelvas nunca

y ya no habrá Torre Eiffel desde cualquier ventana
de cualquier edificio
de cualquier ciudad

y ya no habrá jaula
ni veranos que te hagan enfadar
ni besos en los semáforos
rojos, como todo este charco de sangre
ni dedos que te toquen
ni ojos que te vean

ni cuervos que me los saquen.