No hay temor en el amor,
sino que el amor perfecto echa fuera el temor,
porque el temor ejerce una restricción.
-1 Juan 4:18
Conozco tus hechos, que no eres frío ni caliente.
Quisiera que fueras frío o, si no, caliente.
Así por cuanto eres tibio, y ni caliente ni frío,
voy a vomitarte de mi boca.
-Apocalipsis 3:15,16.
¿Quién es el gran dragón al que el espíritu no quiere llamar más señor y dios?
«Tú-has-de» se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice «yo quiero».
-Así habló Zaratustra, Nietzsche.
Todos los hombres pasan por estas dificultades. Para el hombre medio es éste el punto en que las exigencias de su propia vida entran en colisión dramática con las circunstancias, el punto en que tiene que luchar más duramente por alcanzar el camino que conduce hacia adelante. Muchos viven tal morir y renacer, que es nuestro destino, sólo en ese momento de su vida en que el mundo infantil se resquebraja y se derrumba lentamente, cuando todo lo que amamos nos abandona y, de pronto, sentimos la soledad y la frialdad mortal del universo que nos rodea. Muchos se estrellan para siempre en este escollo y permanecen toda su vida apegados dolorosamente a un pasado irrecuperable, al sueño del paraíso perdido, que es el peor y más nefasto de todos los sueños.
-Demian, Herman Hesse.
Somos de mundos distintos.
Entrelazas tus dedos con los míos mientras asiento con un gesto suave. No podías haberlo expresado mejor: has dado con la única frase capaz de explicarnos toda esta mierda y admitir, de una vez, nuestra total e incorregible incomprensión. Admitir la distancia con el objetivo de sentirnos algo más cerca.
No puedo evitar recordar la primera noche cada una de las que han venido después. Es ese sentimiento, esa especie de latido animal vibrando en el aire, adelantando una amenaza que se acerca, es esa densidad dentro de lo oscuro. Yo miraba por el retrovisor, esperando verte. Tenía la cabeza apoyada en la mano apoyada en la ventanilla del coche. Siempre hace lo mismo, en el último momento, desaparece... Para entonces creía que todo estaba bien. Miré las luces naranjas que se dibujaban contra el cielo. Se iban alejando junto con la calle, cada una de las farolas emitía una luz más tenue e inexplicablemente me invadió una sensación de tristeza. Pero todo estaba bien, por fin ya todo estaba bien: lo único que faltaba era que tú volvieras y tener algo de suerte al salir de allí, evitar pasar por encima de los cristales rotos en el suelo...
Pienso en todas aquellas palabras que nos separan. En que el río semántico en el que se bañan nuestras vidas no se cruza en ningún punto, y en cómo tú me hablas con pasión de cosas que yo ni siquiera acabo de comprender. Y yo me veo obligada a deshacerme de la manía de hablar rápido para hacer una pausa cada dos frases y explicarte qué es lo que quiero decir. Porque no hay manera de hacerte llegar toda esta agonía miserable, el asco visceral hacia todo aquello mío que creía mundo y sólo ha resultado ser una jaula. A veces me pregunto si no faltarán por inventar todas aquellas palabras que son tan necesarias cuando hablo de esto con alguien que está fuera, en tu mundo, en el de todos. Con los míos, con los pocos míos que se sienten como me siento yo: no hacen falta. El sentimiento se instala sobre las palabras y entonces sólo se necesita un suspiro, una frase sin terminar, una torcedura de boca, para saber lo que queremos decir. Que estamos jodidos, que no hay camino ni manera digna de salir de aquí.
Podría decirte, para que te hicieras una idea, que es una especie de pánico al dolor ajeno, una fobia inyectada en la mente desde que vine a este mundo (al tuyo, al de todos; pero sobre todo al mío). Pero es mucho más que eso.
Podría decirte que yo siempre he sido la sumisión encarnada, que he creído en otras vidas, que he tomado de la sangre que me dieron a beber y he participado de la carne que me hicieron comer. Que he necesitado las cargas pesadas sobre los hombros, y que no existe nada más doloroso que sentir las garras desde dentro de la piel, el espíritu que se remueve, los valores que no se sustentan más. Pero, en fin, es mucho más que eso.
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| los espíritus de las 3:03 |
No hay manera de acallar la conciencia cuando grita cuál es el camino, cuál el lugar. La ironía es saber precisamente dónde debo estar y no ser capaz de dirigirme allí, cuando he pasado tanto tiempo rogando por conocer el sitio exacto.
El truco de todo esto es dejar el miedo a un lado.
Soy mucho más que esto.
and just because we're beasts of blame by nature,
it doesn't mean that you should carry it again...
