'una ventana abierta
en una habitación de la que no tienes la llave'
Tengo la teoría de que todo cuanto nos pasa nos sucede por hallarnos en el lugar equivocado en el momento incorrecto. Si estuviéramos siempre en el sitio y el instante adecuados nada podría empujarnos fuera del equilibro; nuestras vidas tendrían tan poco argumento como aquellas películas de autor que nunca terminaba de ver.
Por eso tú.
Quién sabe; una sonrisa tranquila, una voz pausada, un bolígrafo en el suelo, algún fragmento de Utopía. Tampoco yo lo recuerdo.
El caso es que de algún modo supe que jamás te sabría adivinar. Supe que habías aparecido en forma de interrogante y que yo jamás necesitaría una respuesta pero sí una buena pregunta. No importaba si, después de todo, había complejidad o simpleza debajo de tu piel; lo importante eran las láminas que te cubrían. Y aquello... aquello era imposible de apresar. (Ya ves: todo por mi fatídica propensión a creer que siempre hay algo de cobarde en los deseos factibles).
Y palpaba mis propios límites. Nunca nada había estado tan fuera de mis palabras. No había frase capaz de servirme de espejo para lo que me ocurría por dentro. No había idioma capaz. Escribiera lo que escribiera sobre ti, estaría hablando sobre cualquier otra persona que no fueras tú. Y todo aquello era completamente nuevo para mí.
(Pero para todo hay una primera vez).
Ahora sé que por ti habría perdido el equilibrio. Pero no de esta manera.
Llega el frío y queda poco por hacer.
Es decir; cerrar la libreta, sacar la ropa de invierno, tal vez cortarme el pelo. Lanzar la llave, en resumen.
Y esperar otro lugar erróneo, otro momento desafortunado.
