miércoles, 5 de noviembre de 2014

Diarios, Alejandra Pizarnik.

Sábado, 7 de junio de 1963 

Antes de dormirme obsesión por el lenguaje. ¿Para quién hablo? ¿Para quién escribo? Respondí con una escena imaginaria: yo en el Tíbet o en Vietnam viviendo sola en una cabaña, sin hablar con nadie por la ignorancia del idioma de mis vecinos. Esto se relaciona con mi perpetua tentación del escondite: ir a donde nadie me conozca, en donde yo no conozca a nadie [...]. Volviendo al principio: ¿por qué no puede hablar un niño de pocos meses? Porque está hecho de deseos irreprimibles. El aprendizaje del habla coincide con el autocontrol. El silencio, el llanto y los gritos son «expresiones» del deseo en estado puro. No hay un lenguaje del cuerpo. Querer hablar con el cuerpo exclusivamente implica locura e idiotez. Lo terrible del lenguaje: nunca se está preparado para dialogar, no existen ensayos previos, de nada vale la experiencia de otros diálogos anteriores [...]. De todos modos, hablar me hace sufrir, me da la seguridad de mentir, aun si respondo «son las nueve de la noche» mirando mi reloj. Hablar con alguien es darse mutuamente noticias de sí, testimoniarse. Cuando hablo siento que me traiciono, también cuando escribo. No se me oculta que todo esto deriva de mis deseos demasiado fuertes, estridentes, «absolutos». El lenguaje es la valla de los deseos, el lenguaje los recorta y los encierra. La tremenda intensidad de un instante amoroso es indecible. No es un desafío al lenguaje pues el lenguaje no existe en un instante así. Digo «amoroso» pero también «doloroso». El dolor se dice por un grito o por el silencio. Hablar o escribir es mi ingenuidad mayor. Tratar de contener lo que se desborda. Entonces, nada más paradójico en mí que la escritura y el diálogo. Lo mío es el abrazo sexual, mis ojos mirando el cielo, la embriaguez, el sueño, las alucinaciones. Dominio acechado, perseguido por las necesidades externas. Hablo y escribo para defenderme, para ganar mi espacio silencioso. No creo en la poesía. Ningún poema puede dar cuenta de la intensidad de los deseos.



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