sábado, 14 de junio de 2014

Ín te gra men te so la


A veces no sé si soy la que hablo o la que escribo.

No consigo calcular a qué distancia estoy de mí la mayoría de las veces, y cuando me asusto y me escondo muy dentro, descubro que he estado dejando huellas llenas de barro en lugares que son míos pero no me pertenecen.

No sé. Creo que así descubrí qué es la soledad. Porque nunca se habla de la soledad. Es como si fuera un ataúd que todos llevamos por dentro y sólo unos pocos sacrílegos se atrevieran a remover la tierra de sonrisas y de manos enlazadas que lo cubre.

Fue por eso que me acerqué a ti. Vi de cerca mi propia soledad, la palpé, la lamí, la amé y la odié; quise solapar nuestros miedos y difuminar nuestras tristezas como dos esquimales que juntan sus narices en invierno, hablar de los aviones que nos aterrizan en las arterias. Quise estar a tu lado y desnudarte mi propia soledad, que la contemplaras, la admiraras, la sufrieras y no pretendieras arrebatármela. Como si, de alguna manera que no podíamos sospechar, de golpe nos sintiéramos un poco menos solos.

Como si fuéramos a mancharnos la piel con huellas imborrables, con mapas para poder orientarnos las noches que corriésemos a escondernos muy dentro de nosotros mismos, con unas palabras inciertas y tan sonoras que acabáramos olvidando aquella verdad de la que siempre hemos sido parte:

"uno siempre está solo
pero, a veces, está más solo"


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