Me relaja conducir por esta carretera de curvas. Se lo digo al mismo tiempo que lo pienso. Se fija unos segundos y dice que conducir por las curvas -qué extraño- se me da bien. Que ella no sabe calcular bien la velocidad. Es curioso: ella falla donde yo acierto, y yo fallo donde ella acierta. Yo no entiendo de espacio y ella no sabe de velocidad. Nos pasa exactamente lo mismo con las personas.
Hacemos un buen equipo, excepto cuando tenemos muchas ganas de matarnos.
No obstante, conducir por esta carretera de curvas no me relaja porque se me dé bien. Me produce una satisfacción enorme, casi neurótica, girar el volante siguiendo las líneas discontinuas que separan el asfalto del precipicio. Veo trazados en las líneas giros suaves, giros bruscos, ahora a la derecha, ahora un tramo recto... y me hace sentir bien poder reproducir estos giros con las manos. Caigo en la cuenta de que tengo muchas manías parecidas a esta: a veces, inconscientemente, cuando leo un texto, me descubro escribiendo con los dedos sobre la pierna todas las palabras, una letra encima de otra.
Decía que algo malo iba a pasar hoy.
El pueblo está tranquilo. Un lugar perdido en la montaña, de poco turismo y en día laborable. Callamos -o lo intentamos- y me sorprendo al no escuchar nada. Ni gente en sus casas, ni un sólo vehículo, ni el murmullo del viento. Sólo se puede percibir, lejano, el sonido constante del agua del arroyo y, más cerca -aunque no sabría decir cuánto- nuestras propias respiraciones. En seguida vuelve a hablar. Dice que le da cosa escuchar latir su propio corazón. Sonrío. Ya lo sé.
No hay lugar en el que se escuchen más verdades que en el silencio. Y fíjate, hoy hasta los ángulos me hablan.
Sé consecuente, me dices. No puedo, te respondo. No soy capaz de seguir queriendo, de seguir dejando de querer. No soy capaz de verme a mí misma como a una línea recta: yo soy como las líneas de aquella carretera, discontinua, suave y brusca a un mismo tiempo. Y no puedo dejar de pensar que los que no dudan, los que no toman decisiones que contradicen a las que tomaron ayer, los que no cambian... lo siento por ellos, no tienen ninguna clase de diálogo interior.
(O tal vez tienen una fortaleza de espíritu que difícilmente podré llegar a alcanzar).
Claro: todo esto no te lo digo. No sé, no podría articularlo con palabras sinceras, con palabras concisas, palabras flecha. Es ahí donde se erige el muro de la incomprensión, el único que no está construido desde el resto hacia mí, sino que edifico desde mí hacia el resto. Tenerte a mi lado me hace palpar este muro, que las palabras hasta aquí y desde aquí cobren sentido. Dentro del muro todavía está todo desorganizado. Por eso, cuando me pides que te explique mi miedo y mi culpa, sólo puedo callar. Me crees una niña pequeña -me lo creo hasta yo- pero por una vez en mi vida, no callo porque quiera decirte de todo, callo porque no tengo absolutamente nada que decir.
Es cierto: no puedo hablarte de mi miedo y mi culpa. Entiendo de dónde nacen, pero no comprendo sus dimensiones, su alcance. (Esto está relacionado con que no sé calcular el espacio). No entiendo si sangran, si duelen, en qué lenguaje hablan, en qué estados se manifiestan. Y eso me hace asustarme terriblemente de mí misma. ¿Lo estaré haciendo mal por maldad o por pereza? En realidad: ¿lo estoy haciendo mal?
Mientras caminamos de vuelta me doy cuenta de que me duele muchísimo la cabeza. El dolor de espíritu apareciéndose en el dolor del cuerpo. Siento como si mi cabeza fuera a estallar como las palomitas en el microondas, y luego como si tuviera un hilo conectado de un lado a otro de la mente y no dejara de vibrar.
Mientras caminamos de vuelta me doy cuenta de que me duele muchísimo la cabeza. El dolor de espíritu apareciéndose en el dolor del cuerpo. Siento como si mi cabeza fuera a estallar como las palomitas en el microondas, y luego como si tuviera un hilo conectado de un lado a otro de la mente y no dejara de vibrar.
Siento que ya ha finalizado una etapa. Una era, me parece. Y, sin embargo... todavía no ha empezado la siguiente. Me molestan estos meses, esta nada, esta espera vacía.
Ponte en mi lugar, hace ya tiempo que nadie lo ocupa.


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