lunes, 23 de febrero de 2015

La carencia inmemorial.

En esta hora el miedo eclosiona la crisálida del pecho. Te presentas ante mí como un dios antiguo, lleno de perfume gris y de melodías gastadas, exigiéndome devoción. Y yo, que no sé hacer otra cosa que adorar, adorar, adorar... Mis ojos sólo hablan de piedad. Mi boca sólo contempla el fervor. Mi cuerpo es un sacrificio de comunión; mi carne, una ofrenda quemada. Y tú, a cambio, te desnudas; pero no hay manera alguna de borrar los enigmas de la piel. Portas en las manos manantiales de palabras incomprensibles, de palabras incomprendidas, que corren desde tus dedos hacia mí. Sobre mí, que soy desierto. Esparces alimentos sobre mi hambre sagrada. Y cantas. Me cantas, a mí que soy silencio.

Mis durmientes ya no encuentran reposo.
Mi garganta escupe sal.

Yo poblaré tu silencio de imágenes.
Yo beberé de tu sed.






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