Escribo porque te desconozco.
Es decir, si pudiera encontrar las palabras justas para ti las copiaría en un papel y lo abandonaría en lo alto de la estantería; ya no necesitaría escribir y podría ocupar mi tiempo en ver más películas, en llevar al día las lecturas de epistemología o en ordenar la habitación. Pero el problema es precisamente ése: que no te conozco y tampoco conozco las palabras justas para describirte. Por eso busco, incansable, una palabra sinuosa que encaje perfectamente con las líneas de tus manos. Porque desconozco cómo son tus manos cuando se abren al dar. Por eso busco, obstinada, un fonema que en lugar de sonidos recuerde a colores. Porque desconozco tu tonalidad y desconozco tu luz. Tenaz y absurda, busco un lenguaje que reconstruya la anatomía de tu dicción, de tus ojos al mirarme, de tus dudas, de tu boca. Porque no conozco nada de esto. Y porque, al escribir, a veces creo hallarlo.
Porque ahora mismo podría estar viendo cualquier película o leyendo epistemología u ordenando la habitación. Pero lo peor es que podría estar a tu lado.
Y estoy escribiendo.

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