Hoy ha sido un viernes raro en el trabajo. Al principio estábamos sólo Hui Lei y yo, pero en cuanto ha llegado el resto de la plantilla me ha tocado quedarme en la segunda sala. Y es posible que sólo haya sido media hora, pero con la segunda sala vacía me ha dado tiempo a estirar el aburrimiento y a colgarlo de todos los rincones.
Bien, hay una sola regla que sigo activamente en mi trabajo: cuando no hay nada que hacer, lo más divertido es ordenar los tenedores del carro. Y eso he hecho. Los he puesto uno detrás de otro, de lado, como si estuvieran abrazándose por la espalda. La verdad es que esa tarea no me ha ocupado más de dos minutos y he seguido ordenando meticulosamente el resto de utensilios: he colocado de un lado los mondadientes y del otro los pinchos, he ordenado los paquetitos de mayonesa, ketchup y mostaza, he equilibrado la cantidad de servilletas de cada montón. Y, como eran las diez y todavía no se había llenado la primera sala, me he puesto a hacer coincidir al milímetro todas las hileras de mesas: he procurado que los pies estuvieran sobre la misma línea del suelo, que todos los botes de ketchup estuvieran en el lado derecho y los de mostaza en el izquierdo, y mil nimiedades más. Y, cuando he terminado, me he sentido orgullosa. He echado un vistazo y me ha invadido la satisfacción idiota de saber que todo aquel orden había sido puesto por mí, a mi imagen y semejanza. Y me ha dado igual que nadie lo fuese a apreciar o que en diez minutos llegase un grupo de chavales que se sentara en alguna mesa y la descuadrara del resto: el aquí, el ahora de mi creación ha sido más que suficiente para hacerme sentir bien.
Es en ese momento cuando me he descubierto imaginando que te explicaba todo esto a ti. Lo hago con una terrible frecuencia. No ordeno las ideas en mi cabeza para poder madurarlas: las ordeno conforme al patrón que hay que seguir para contártelas a ti.
Entonces me he sentido mal. He atendido a un par de mesas, he encajado alguna mirada de desprecio del encargado y del resto de camareras y he vuelto a casa.
En el coche he puesto a Nacho Vegas a todo volumen. Cabe decir que escucho a Nacho Vegas siempre que mi estado de ánimo se dispara, ya sea imantado por el polo positivo o por el negativo. Los días más felices de mi vida los paso tarareando las melodías de sus canciones; los días más tristes no puedo dejar de darle vueltas a sus frases. Y así me he sorprendido cantando que la vida no es más que una sucesión de desengaños, y en ese momento he pisado más fuerte el acelerador.
Tengo la teoría de que las revelaciones más trascendentales que nos ocurren en la vida tienen lugar en los momentos menos esperados, en espacios tan comunes que parecen casi innobles ante la magnitud de la manifestación. Mientras uno cocina, pasa la aspiradora o se ducha puede ser blanco fácil de cualquier verdad universal que decida desvelar su identidad. Es por eso que esta noche, mientras volvía a casa escuchando a Nacho Vegas a todo volumen, se me han agolpado en la cabeza todas las cosas que he querido decirte estos días y no he sabido organizar en pautas, en apartados, en cláusulas. Y he descubierto que todas las cosas que he querido decirte a lo largo de mi vida no necesitan ningún tipo de organización.
He descubierto que he pasado cinco años de mi vida tratando de escribir algo que pudiera hacerte daño.
Vaya esfuerzo tan minúsculo, tan ridículo, tan inútil.
Uno tampoco escoge qué le va a hacer daño. Igual que no se escoge la lluvia que nos cala hasta los huesos, decía Cortázar. Es probable que sea por ese motivo, porque yo jamás escogí deliberadamente tener que señalarte a ti cuando me preguntan dónde me duele, que intente devolverte algo de lo que siento.
Porque de todas las que prometieron que iban a matar monstruos por ti soy la única que se puso el arma en la cabeza y eso tampoco lo he escogido yo.
Porque tú tienes todos los números de olvidarme cualquier día y yo te recuerdo con todas las letras y eso tampoco lo he escogido yo.
Porque te quiero.
Esta no es una historia diferente al resto. Acabaremos buscando a alguien capaz de calmarnos la sed de amor propio y de curarnos las heridas infligidas por el amor de otros.
He aparcado el coche.
Se me da fatal aparcarte a ti también, joder.
Estaba sucio. Lo he rodeado. He dibujado una X en el cristal con el dedo índice de la mano izquierda y he sonreído.
Uno no escoge qué le va a hacer daño.
Y he sentido muy dentro un eco, una bandera que se alzaba, la canción de victoria del egoísmo.
Tranquila: todavía nos quedan muchas muertes por vivir.

ufffffff em sento eternament identificada amb moltes de les frases........... mencanta com escrius tio, ja ho saps !!
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